En
el dilatado y semidesértico territorio de nuestro
pasado, el rancho era la vivienda típica. Fue
la primera habitación del hombre blanco, ya que
el aborigen vivía en tolderías. Ricos
y pobres tenían esta primitiva forma de casa.
De ahí que el rancho de De Blas, sin llegar a
ser una muestra del rancho del tiempo de la Colonia,
conserve aspectos de lo que fue la casa habitación
común en los pueblos de campaña.
Construido
con elementos del lugar -barro, paja, juncos, cueros
para cerrar las aberturas y madera en casos excepcionales-,
el rancho era relativamente fácil de levantar
en cualquier sitio, como así también de
abandonar. Resultaba el refugio adecuado para las mujeres
y los niños, puesto que los hombres dormían
a la intemperie, con el oído puesto y atento
a los peligros nocturnos.
La fisonomía de este
primitivo rancho fue cambiando por los materiales utilizados
en su construcción. Buenos Aires contaba con
cincuenta hornos de ladrillo para 1730, esto trajo aparejado
que 59 años más tarde en San Antonio de
Areco (1789) hubiera dieciocho casas de ladrillo-teja
y seis de ladrillo con techos de paja. Las restantes
176 que completaban la totalidad de las viviendas existentes
en el pueblo eran ranchos de adobe y paja. Del original
tono terroso de sus paredes dado por el barro, se pasa
al blanco producido por la cal o al característico
y tradicional rosado que proviene de la creatividad
del gaucho, quien para obtener el «rosa viejo»,
hacía una mezcla de cal y sangre vacuna.
El valor
histórico del Rancho de De Blas está dado
porque representa el tipo de casa que utilizaba el hombre
de campo, constituyendo un eslabón en la evolución
de la arquitectura pampeana. |